Historia, placer y materia: una breve historia del dildo
Este artículo nace después de una experiencia en el taller: una actividad de cerámica muy especial que impartimos para una despedida de soltera. Durante un par de horas, un grupo de mujeres modeló dildos de cerámica con sus propias manos. Hubo risas, sorpresas, algunas preguntas técnicas, curiosidad histórica y, sobre todo, una conversación abierta sobre placer, cuerpo y materia que no suele darse con tanta naturalidad.
De ahí surge la necesidad de poner contexto. Porque estos objetos no son una excentricidad contemporánea ni una provocación gratuita. Son parte de la historia humana. Y también de la historia de los materiales.
La palabra dildo proviene del italiano diletto, que significa deleite o placer. Es un objeto de estimulación vaginal o anal que ha acompañado al ser humano desde hace miles de años. Su función ha sido sexual, sí, pero también simbólica, ritual y cultural. Hablar de dildos es hablar de cómo cada sociedad ha entendido el cuerpo, el deseo y el poder.
El dildo más antiguo conocido data del Paleolítico, hace aproximadamente 28.000 años. No se trataba únicamente de placer: pudo utilizarse en rituales de fertilidad o como símbolo de masculinidad y autoridad. Desde el inicio, el objeto está cargado de significado.
Antiguas civilizaciones y sexualidad sin rodeos.
En el antiguo Egipto, el sexo no era un tabú. El célebre Papiro Erótico de Turín muestra escenas explícitas cuya interpretación sigue abierta hoy en día. En este contexto aparece la famosa leyenda de Cleopatra y las calabazas con abejas, una historia sin base histórica sólida, pero reveladora del imaginario sexual que rodea a su figura. Más allá del mito, lo interesante es que el placer femenino no era un tema oculto.
En la Antigua Grecia, los consoladores -los olisboi- estaban plenamente integrados en la vida cotidiana. Fabricados primero con pan y más tarde con piedra, madera, cuero o cera, se lubricaban con aceite de oliva y se utilizaban tanto para el placer como con fines médicos. Hipócrates y otros médicos ya trataban la llamada “histeria femenina” mediante orgasmos inducidos. Además, estos objetos aparecen en cerámica decorada, rituales nupciales y obras teatrales como Lisístrata. El deseo femenino no se escondía: se representaba.
La Roma imperial heredó esta normalización. Los diletti eran consoladores de diferentes formas y tamaños, usados incluso en orgías cuando los hombres quedaban exhaustos. Se regalaban, se compartían y formaban parte de la vida festiva. Con la expansión del cristianismo, esta libertad se fue restringiendo, y el placer quedó relegado a la reproducción.
Asia, espiritualidad y energía sexual.
En Oriente Medio, se fabricaban consoladores con materiales tan inesperados como heces de camello secas recubiertas de resina, resistentes y sorprendentemente suaves.
En China, durante la dinastía Han, el sexo tenía una dimensión espiritual. El equilibrio entre yin y yang y el flujo de energía vital (Qi) se activaban a través del placer. Textos como el Manual del Jardín de la Pureza describen falos de jade utilizados para mejorar la salud y prolongar la vida.
En Japón, el período Edo dejó una enorme producción de imágenes shunga, representaciones sexuales explícitas y sin culpa. Allí nacen también las bolas chinas, vinculadas al control del suelo pélvico y al placer.
Represión, medicina y tecnología.
La Edad Media supuso un giro radical. El sexo se redujo a la procreación y el uso de dildos fue perseguido. Aún así, se han encontrado objetos y soluciones vegetales ingeniosas para sustituirlos.
En el siglo XIX, el placer reaparece disfrazado de medicina. El vibrador se inventa para tratar la “histeria femenina”, una patología provocada, paradójicamente, por la represión sexual. El primer vibrador eléctrico permitía inducir orgasmos terapéuticos en pocos minutos. Poco después, estos dispositivos se comercializaron como electrodomésticos.
Cerámica y objetos de placer hoy.
A lo largo de la historia se han utilizado madera, cuero, piedra, metal, vidrio y, en menor medida, cerámica. La cerámica es dura, hipoalergénica y fácil de esterilizar, pero plantea retos técnicos importantes: debe estar completamente vitrificada y tener una superficie impecable.
La percepción de fragilidad, el peso y la complejidad del proceso explican por qué no es un material común en juguetes sexuales. Sin embargo, en manos expertas, la cerámica permite crear objetos seguros, duraderos y estéticamente potentes.
Hoy existen proyectos que integran estos objetos en el hogar como piezas de diseño, borrando la frontera entre objeto funcional, escultura y decoración. La cerámica, una vez más, demuestra que puede hablar de cualquier cosa. También de placer!