Nueveochentayuno Estudio

Cerámica y niños: mucho más que “mancharse las manos”

Llevo mas de 20 años en esta profesión, muchos años dando clases a gente de todas las edades y con perfiles muy distintos: algunas personas con problemas sicomotrices, otras dentro del espectro autista y otras que simplemente necesitan un espacio donde pensar con las manos en vez de con la cabeza. Pero hoy te quiero hablar de un grupo de estos alumnos muy concreto, los niños. He tenido alumnos desde los 4 a los 16 años y todos tienen algo en común: la arcilla les cambia. Y rápido.

Aquí te cuento por qué la cerámica es una herramienta tan potente para el desarrollo infantil. Sin cuentos. Sin “haz mindfulness”. Solo realidad, práctica y resultados.

 

La arcilla mejora las capacidades sicomotrices.

La cerámica es como un gimnasio suave para las manos. Amasar presionar, pellizcar, esturar… todo esto desarrolla fuerza, coordinación, precisión y control del movimiento. Para niños con dificultades sicomotrices o problemas en la pinza fina, la mejoría suele ser evidente: más control del lápiz, más soltura para abrochar la ropa, más autonomía en tareas básicas.

Y lo mejor: no sienten que están «haciendo terapia». Están jugando. Para ellos, eso lo cambia todo.

Cerámica y regulación emocional: una combinación seria. 

 

La arcilla tiene una cualidad maravillosa: calma. El contacto con un material húmedo, maleable y frío baja las revolucuiones a nivel sensorial. Y cuando un niño baja las revoluciones, sube su capacidad de concentrarse y de expresar sin frustración.

Con niños con autismo o con problemas de adaptación, el barro funciona como un ancla. Les da estructura (paso claros) y libertad (crear lo que quieran) al mismo tiempo. Esa mezcla les ordena el mundo.

Creatividad real, autoestima real. 

 

Muchas actividades creativas parecen «creativas»… pero no lo son. Colorear un dibujo prediseñado no es creatividad. 

La cerámica sí lo es: el niño toma decisiones desde cero. Decide formas, tamaños, decoraciones y colores. Construye algo donde antes no había nada, y lo ve endurecerse y sobrevivir al horno. ¡Ese proceso les da una sensación de logro enorme!

Cuando un niño siente «esto lo hice yo», su autoestima sube. Y sube bien, no basada en halagos vacíos, sino en resultados reales.

El barro enseña frustración sin drama.

Todos los niños se enfadan cuando algo se rompe. 

Pero en cerámica, romperse forma parte del juego. 

Un asa mal puesta se cae. Un cuenco mal repasado colapsa. Los esmaltes se mezclan donde no quieres. Nada de eso es un drama, ¡es puro aprendizaje!

Los niños que trabajan con arcilla aprenden  a tolerar errores sin bloquearse. Saben que pueden volver a empezar, rehacer, corregir. Para muchos, eso es la primera vez que tienen un espacio seguro donde equivocarse.

Cerámica en grupo, habilidades sociales sin presión. 

No todos los niños funcionan bien en actividades de grupo. Algunos se sienten observados, otros desbordados. 

En cerámica, cada uno trabaja en su espacio, a su ritmo, pero de un entorno compartido. Este formato reduce la tensión y, sin darse cuenta, empiezan a pedir ayuda, a comentar lo que hacen, a copiar ideas o a ofrecer soluciones. 

La socialización aparece sola, sin obligar a nadie a «participar más». 

Cerámica para todos: edades, ritmos y niveles. 

Entre los 3 y los 12 años, el barro es adaptable a cualquiera. 

· Los pequeños trabajan sensaciones, texturas y volumen. 

·Los mediano empiezas a construir y decorar. 

·Los mayores pueden diseñar, planificar y entender y entender procesos más complejos.

Es una actividad que crece con ellos y nunca se queda corta.

En definitiva, la cerámica no es sólo un entretenimiento bonito. Es una herramienta educativa y terapéutica que combina cuerpo, mente y emoción sin artificios. 

Si quieres una actividad que de verdad transforme el día a día de un niño -desde la atención hasta la autoestima-, la cerámica es una de las opciones más completas que existen. ¡Y quien dice niños dice adultos, la cerámica es para todos! 

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